La historia de las tres puertas
Había una vez un hombre que, tras un largo peregrinar, llegó a un lugar silencioso, en el centro de una gran llanura.
Se sentía cansado por tanto caminar, pero llegar a aquel lugar lo había vuelto a recargar de nueva energía.

Así comenzó a observar con más atención lo que tenía a su alrededor: el bosque que había dejado a sus espaldas, una pequeña colina a su derecha y un largo camino que descendía lentamente hacia su izquierda.
Mirando con mayor detenimiento, se dio cuenta de que no muy lejos de él, justo frente a él en línea recta, se alzaban, suspendidas en el vacío a pocos centímetros del suelo y una junto a la otra, tres puertas, todas diferentes entre sí, pero todas cerradas.
Se detuvo ante la primera.
Era una puerta muy antigua, desgastada por el paso del tiempo.
La madera estaba llena de marcas, arañazos, nombres grabados y muchos otros dibujos extraños a los que no sabía dar un significado claro.
Al observar mejor, vio que en la parte superior estaba escrito, con letras desvaídas pero aún legibles: PASADO.
Mirando con más atención, se dio cuenta de que de vez en cuando la puerta se abría sola, ligeramente, dejando salir voces, algunos sonidos y muchas imágenes que evocaban recuerdos y emociones.
El hombre reconoció aquellos sonidos y aquellas emociones.

Algunas representaban recuerdos ligados a errores, otras a algunos de sus éxitos.
Otras evocaban momentos de gran miedo y muchas más resonaban recordando las numerosas ocasiones y situaciones perdidas o no vividas durante su vida pasada.
Cuanto más se acercaba a la puerta, más sentía sobre sí todo el peso de lo que había sido.
Asustado pero lleno de curiosidad, intentó abrirla, pero la puerta no se movía.
En ese momento, de la nada, una voz resonó y dijo:
«Puedes mirar dentro todo lo que quieras, pero nunca más podrás volver a abrir esta puerta y entrar en ella«.
El pasado solo te servirá para recordar y aprender.
Aprender y comprender, sobre todo, de nuestros errores, de aquello que no salió bien, pero ese tiempo pasado nunca podrá volver a vivirse.
Algo abatido, el hombre se acercó entonces a la segunda puerta.
Era una puerta que no tenía nada de especial en sus formas.
Era muy simple y austera y, sobre todo, carecía de cualquier tipo de decoración o dibujo particular.
Al levantar la vista vio que sobre ella había escrito claramente una sola palabra: PRESENTE.
De las tres puertas, a simple vista, parecía la menos interesante; sin embargo, observando mejor, era la única que tenía una gran luz bajo su umbral.
Al acercarse intentó abrirla, pero pudo hacerlo solo porque no tenía ni manija ni llaves.
Un gran cartel sobre ella decía:
«Si quieres abrir esta puerta, solo podrás hacerlo dando un buen paso hacia adelante«.

El hombre/la mujer dudó por un instante, pues la puerta estaba bien cerrada frente a él/ella y no comprendía cómo dar ese paso sin chocar contra ella.
Además, había entendido que para atravesarla debía decidir hacerlo con fuerza y determinación.
Atravesarla significaba elegir.
Significaba renunciar a sus miedos y a todas las excusas y los “y si” que en ese momento revoloteaban en su cabeza, pero comprendió que no podía esperar el momento perfecto para hacerlo.
Ese era el momento y eso era lo que debía hacer.
Permaneció aún un instante indeciso, dividido entre la seguridad de la inmovilidad y el riesgo del movimiento, con todo lo que ello implicaba.
Esperando un poco más, se detuvo a observar la tercera puerta que tenía cerca, a su derecha.
Decidió entonces acercarse a ella.
Era la más grande, la más luminosa, quizá la más hermosa de las tres, pero por su aspecto parecía casi inalcanzable.
Sobre ella, con letras de fuego, estaba escrito: FUTURO.
Esa puerta tampoco tenía ni manijas ni llaves, y de repente intuyó que las únicas llaves para poder abrir aquella hermosa puerta debía crearlas con su imaginación y toda su creatividad.
Se sentía eufórico porque había comprendido que justo detrás de esa puerta se encontraba todo lo más bello que realmente deseaba.
Allí lo esperaban sus sentimientos más profundos de libertad, ligados a la autorrealización.
A todo aquello que daría verdadero color a su vida, gracias a los muchos cambios que lo aguardaban y a los numerosos momentos de crecimiento personal.
Pero se dio cuenta de que cuanto más se acercaba a ella, más la puerta parecía alejarse.
Entonces otra voz resonó diciendo:
«Esta puerta tiene una sola vía de acceso y solo se abre después de haber atravesado la del presente«.
En ese momento, el hombre comprendió.
El pasado era importante, pero corría el riesgo de retenerlo para siempre sin ofrecerle nada nuevo.
Era la puerta que, de alguna manera, lo atraía como un imán, pero que lo habría atrapado para siempre.
En cambio, justo delante de él, estaba la puerta del futuro que, aunque igual de bella y atractiva, aún no podía acogerlo.
Y una vez más comprendió que el único lugar real, listo para recibirlo en cualquier momento, era precisamente aquel que siempre había estado frente a él: su Presente.
Con el corazón latiendo a mil por hora, se decidió y dio un paso, el primer paso.

Y así, como por encanto, sin hacer ningún ruido, la puerta del presente se abrió ante él/ella y, mientras la atravesaba, se dio cuenta de repente de que automáticamente la puerta del futuro también comenzaba a moverse.
Entre la sorpresa y la felicidad, se detuvo un instante.
Se dio cuenta de lo hermoso que era el lugar en el que se encontraba: sereno, tranquilo y confortable.
Una extraña sensación lo invadió, hasta el punto de sentirse tentado a detenerse, sentarse y descansar, para sentirse todavía un poco a salvo.
En ese mismo momento, otra verdad se encendió dentro de él/ella y comprendió que no podía permanecer allí por mucho tiempo.
Ese lugar era su zona de confort.
Una zona que lo acompañaba en cada paso y que construía a su alrededor un mundo nuevo.
Un mundo acogedor y protector, sin duda,
pero había comprendido que, si se detenía, nada volvería a cambiar.
Así, con algo de esfuerzo, se levantó y dio un paso, y luego otro más, y continuó caminando por ese camino del presente que, ante sus ojos, estaba construyendo el futuro.

Caminando comprendió que todos aquellos lugares por los que pasaba los construía él mismo, pero que automáticamente se transformaban en nuevas zonas de confort.
Lugares hermosos donde detenerse un momento, pero no quedarse.
Lugares en los que no se podía vivir para siempre, porque el camino del presente creaba ante él un futuro increíble.




