La vida no deja de sorprendernos.

La vida no deja de sorprendernos.

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La vida no deja de sorprendernos ni de darnos lecciones y, como casi siempre, lo hace en los momentos más inesperados, contrariamente a los que pensamos ilusamente creyendo que todo está  bajo control. Sin embargo, siempre acabamos concluyendo que sólo hay una única e inequívoca realidad, ante la cual únicamente podemos levantar las manos y rendirnos: que tan solo somos una pequeña parte dentro del inmenso sistema al cual pertenecemos, una parte ínfima… y eso nos condiciona.

En más de una ocasión, por no decir siempre, nosotros mismos hemos sido el detonante y las posteriores víctimas de la mayoría de las contiendas que podemos recordar. Los eventos más cruentos, siempre fueron precedidos por acontecimientos que, de una u otra forma, permitían presagiar lo que más tarde sucedería. Y en cuanto a las catástrofes naturales, como un terremoto o un devastador tsunami, se abren paso en nuestra conciencia para recordarnos lo pequeños y vulnerables que somos ante una naturaleza imparable.

En cualquier caso, guerras, conflictos armados, maremotos o seísmos, todos ellos tienen algo en común: provocan el caos y despiertan el miedo. Miedo por algo concreto, algo contra lo que luchar, a lo que enfrentarse físicamente o incluso de lo que intentar huir. Un temor que tiene que ver con lo visible, lo tangible y lo reconocible, un miedo que podemos ver, tocar y nombrar. Con este confinamiento hemos tenido que aceptar un combate contra un enemigo totalmente invisible que no nos a dado ninguna alternativa, ni de lucha ni tampoco de victoria. Con estas prerrogativas y con el transcurso de los días, el miedo ha ido transformándose lentamente en angustia y, en el mejor de los casos, en la esperanza de que nuestro “enemigo” desapareciera según sus  términos y condiciones.Es decir, no hemos podido contar con ninguna  alternativa, así como tampoco hemos podido contra él.

Nuestro error ha sido creer que lo sabíamos todo sobre el lugar que habitamos, que teníamos el control sobre lo racional y lo perceptible por nuestros sentidos, pero una vez más hemos descubierto que realmente no sabemos nada sobre las leyes que rigen nuestro mundo, las mismas que ponen las reglas que nos gobiernan y las que dictan los ritmos de nuestra propia existencia. Sin embargo, siempre hay algo que podemos hacer: aprender de ello.

Estamos saliendo lentamente de toda esta experiencia de confinamiento, interiorizando nuevas reglas cada día y afrontando nuevas situaciones que serán parte esencial de un nuevo estilo con el que vivir la vida.

Reflexionando sobre lo que es y lo que será, ya sabemos que de esta situación saldremos mucho más pobres, literalmente hablando, pero sin lugar a duda mucho más ricos en otros campos, como lo son nuestros valores personales.

Encerrados en nuestras casas, hemos tenido que aprender a vivir lejos de todo y lejos de todos. Sin embargo, también más que nunca hemos vivido una sensación de cercanía, hermandad y un sentido de comunidad tan auténtico y de escala mundial que nos era desconocido hasta este momento.

A lo largo de esto aislamiento hemos aprendido (o vuelto a recordar) que para vivir necesitamos poco, o seguramente mucho menos de lo que pensábamos que necesitábamos cada día, porque a su vez, hemos comprendido el verdadero significado de palabras como “esencial” o “necesario”, desmitificando el valor de lo que realmente es tan efímero como superfluo.

Con el tiempo hemos redescubierto la fuerza de muchos de los gestos diarios perdidos, y en contra de nuestra propia voluntad, hemos experimentado una nueva forma de vivir que finalmente ha sido la cura idónea a nuestro egocentrismo, gracias a la alta dosis de humanidad que guardamos dentro de nosotros.

Por eso, a pesar de todas las consecuencias negativas de lo que ha ocurrido, me atrevería a decir que ha sido una gran lección para todos. Todas estas circunstancias, han desmontado por completo nuestro statu quo, obligándonos a buscar respuestas en lo esencial y retomando el contacto perdido con las cosas sencillas e importantes de nuestra vida. Nos han removido nuestros hábitos profesionales, obligándonos a reinventar nuestra forma de pensar y de trabajar.

En mi caso personal, en tan solo unas horas, tuve que reinventar de golpe y a marchas forzadas mi organización profesional, mi agenda y mis expectativas. Yo, que suelo tener todo organizado y programado de antemano, he visto cómo se disolvían todas mis reuniones y sesiones personales, de tener las páginas repletas a tener como nunca antes una agenda completamente vacía hasta final de año.

En un momento como ése, y ante algo tan nuevo para mí que nunca antes lo había experimentado en mi vida, acudió a mi mente la respuesta precisa. Y llegó como un eco venido desde tiempos tan antiguos que tomaba forma de refrán y la voz de nuestros padres y abuelos:

“De la necesidad, virtud”

Adoro la tecnología, pero nunca se me ocurriría proclamarme experto en esta materia. Me fascina, es cierto, pero no siempre la controlo como desearía. Es por eso quizás, que en mi trabajo como coach y mentor inmobiliario siempre he recurrido a la vieja usanza: desplazándome de ciudad en ciudad entre España, Italia y otros países más lejanos para impartir mis cursos y seminarios.

Pero a finales de febrero de este año, consciente de que todos los paradigmas que marcaban mis jornadas laborales habían cambiado de forma definitiva, no tuve otra opción que readaptar (o mejor dicho reinventar) mi forma de trabajar ante las nuevas circunstancias. Sin olvidar que siempre se tratará de una relación entre personas y que la tecnología es y será solamente una herramienta facilitadora en lo que hacemos diariamente,   tuve la necesidad de reconstruir, en poco menos de una semana, mi sistema de trabajo y transformarlo en su versión online y virtual. Lo que había sido solamente una idea hace unos años se transformó en pura realidad en solo un fin de semana.

Afortunadamente, contar con el hábito de planificar facilita estos momentos. Sin embargo, a pesar de toda mi experiencia, precisamente éste ha sido uno de los puntos más complicados para mí.

Por ello, centrarme en el presente ha sido clave para trascenderlo con éxito. Y aliándome con mi segundo mantra, “lo que no controlas, te controla”, me ha permitido crear este decálogo de Home Office que hasta hoy he utilizado, que me está funcionando y que por eso quiero compartirlo ahora contigo.

Veámoslo punto por punto:

Estilo y profesionalidad:

Tener tantas horas disponibles estando en casa no es sinónimo de estar de vacaciones. Es probable que estos días de confinamiento no sean los últimos que tengamos que vivir, y que el smart working acabe siendo algo cada día más familiar. Precisamente por ello, en cada día de trabajo desde casa hay que mantener tu estilo y tu profesionalidad de siempre.

Planifica tu día:

Agenda en mano, determina cuáles serán las actividades y acciones diarias hacia las cuales tendrás que enfocarte durante tu jornada.

Establece tus horarios

Además de listar tus tareas, asigna horas a esas acciones diarias que te has prefijado.

Marca tus objetivos a corto plazo:

Elige cuáles serán tus objetivos prioritarios para cada mes.

Marca tus objetivos a medio plazo:

Establece también cuáles serán tus metas a lograr para tus próximos 4 meses.

Nada de distracciones:

Cuando estés trabajando aléjate de las fuentes de distracción que tengas en casa. Créate un rincón que sea solamente tuyo donde puedas centrarte.

Descanso y deporte:

Son esenciales tanto para tu salud como para contar con suficiente claridad mental. Por ello, establece una hora de pausa a medio día, procura hacer unos 10-15 minutos de descanso cada 90 minutos y determina cuando hacer tus 25 minutos de deporte diario.

Contactos

Somos seres sociales, no lo olvidemos: necesitamos mantener viva nuestra conexión con las personas que nos importan. Por ello, procura contactar diariamente con unos 6-8 amigos y familiares.

Cierra el día

Déjate claro a ti mismo cuál es la hora en la cual tendrás que cerrar tu ordenador y de la misma forma que cumples con cada punto de tu agenda, cumple con éste también.

Piensa en ti

 

Reserva un tiempo diario para hacer aquello que más te apetezca y no te lo saltes: ese momento es solo tuyo. Disfrútalo.

Nello d'Angelo

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